Cadáver 1

Había empezado por mi hermana. Le partí el palo de la escoba en la cabeza y ya pensaba en la gordita vecina del gato gris que llenaba de olor a muerte la escalera. La muerte de mi hermana fue lenta. Le pisaba el pecho con las sandalias de goma mientras le taponaba la boca con las rojas cerdas de aquel cepillo. No hubo piedad, tan sólo di un trago a la cerveza y descuidé un segundo la tarea. Cuando la pequeña Martita dejó de moverse, no lo creí.

Lo hizo la primera vez que la violé. Me asusté. Tan quieta, como una muñeca de plástico, rígida e inerte, con los párpados alzados, sin brillo en las pupilas; tampoco un halo de aire que moviera sus labios rosas, delgados y secos. Perdí la erección sin abandonar la estrechez de su vagina. Tan joven y tan niña. Me asustó la quietud en aquel pequeño ser humano, y en mi rendición, di un paso atrás, y ella, astuta, logró huir hasta la cocina y delatar mi travesura a mamá. Debía excusarme, y con los pantalones de lino caídos hasta los tobillos, buscaron, pero no encontraron un solo pelo de su pubis en mi pene. Olía a tortilla de patata. Aquel día, mientras comíamos, supe que, cuando ella muriera, lo haría entre mis brazos.

Muerta, tenía el gesto roto, los ojos hinchados, los dientes ensangrentados. Después de cenar utilizaría aquella esponja verde de la cocina para lavarle la cara. Por el lado suave. Con los dedos le quitaría las cerdas rojas de la boca. Quizá hubiera sido mejor utilizar la fregona. Más higiénico. Quedaría agua sucia en el cubo. Martita, tan muerta, era una víctima preciosa. Me gustaba el delfín que había trazado la sangre sobre la madera. Ella enterró su ser creativo. Aquella maravillosa cabeza, con el paso de la vida, se extinguió. La elección de lo común, el deshecho de la dificultad. La rendición ante lo sencillo, lo habitual, lo normal, lo que todos.

Muerta olía mejor. Muerta sonreía mejor. Le junté los labios, escondí sus ojos, le arreglé el cabello. Quemaría sus bragas manchadas de orín tras buscarle un bonito vestido. Su preferido. Fue la mejor hermana porque fue la única. Eché de menos que tuviera más pecho. Ella también. Debió ser más guarra y echarse novio, alto, delgado, rico, callado y obediente. Le hubiera liberado. Excesivamente tarde para cualquier mínimo arrepentimiento. Con mis ojos sobre su muerte, deseé disfrutar de aquel silencio durante más de dos minutos, sin embargo, tenía tres salchichas que comenzaban a freírse demasiado deprisa en la sartén. El aceite hirviendo era una metralleta. Disparaba al aire. Pensé, escondiendo los labios para evitar sonreír, que aquellos fuegos artificiales eran su gran conmemoración.

Deseaba matarlos a todos antes de que, lentamente, ellos me mataran. Ya lo hacían.

Mi hermana comenzó a engullir mi preciada rutina cuando ocupó el sofá cama del salón. Discutió con mamá por tres asignaturas y un cigarrillo en el cajón. Ella quitó más espacio, tiempo, silencio y limpieza. Empezó en mi cuarto de baño.

-Es pote -dijo.

-¿Me afeito?

-Evidente que no.

-¿Me lavo los dientes?

-Espero.

-No. ¿Me aseo?

-Se te caerán -respondió.

-Morir con ellos no te sirve para nada. El ser humano se empeña en conservar su cuerpo en un estado de bienestar imposible, e inevitablemente, todos estamos destinados a un deterioro. No lo evitemos.

-A veces no me gustas.

-Me gusta el color blanco de mi lavabo.

Cerré la puerta y aquel ruido violento sobre el marco propició una erección bajo el algodón beige de mis calzoncillos. Quería ser como un folio en blanco cayendo de un séptimo piso, impreciso, lento y sigiloso. Quería tener un inteligente pensamiento arrastrándose por mi cerebro que pudiera escribirlo cuando se posara en el suelo. Escribir en silencio. Escribir. Entonces, ella encendió el secador y tembló el tabique. Morir se había convertido en mi palabra favorita.

Empecé a esnifar café por equivocación. Aquella mañana había pisado una canica, pegado un moco en el marco de la puerta de mi habitación y dicho «joder» tres veces y media. Todo era  inusual porque la televisión no había quedado encendida desde la noche anterior. Cuando destapé el bote metálico y puse la cucharilla en la encimera, ya tenía el billete en la nariz. Días después, comenzaron a acumularse restos de líneas de café que nadie limpió. Filas como días. En la ciudad, continuaban circulando los coches, acelerando y frenando, y cruzando erróneamente las calles demasiados peatones con diferentes calzados. Yo quería matarlos a todos. Odiaba la gente. Nadie estiraba el cuello al caminar, como girasoles al final de un verano. Hundidos, ya buscaban de manera subconsciente un lugar en el que morir. Vivos sobre el cemento, vivos bajo un cristal. Despreciaba el egoísmo adictivo que nos otorgaba el solo hecho de estar vivos. Vivir mataba. Quizá podían sobrevivir ciertos desconocidos. Cerré la ventana y quise que me sangrara la nariz hasta que, sonrojado, la muerte me inundara y ahogara. El pulgar frotaba la piel de mi nariz contra el hueso. Lo hacía con rabia, calmando el picor. Podía levantarme la piel, y sin embargo, ella volvió a cruzar el salón en ropa interior y me detuve. Aquella mañana inusual con el televisor apagado decidí que Martita sería la primera. Ella jamás aprendería el aprecio que suponía morir. El cadáver era la mejor expresión que podría alcanzar un ser humano.

-¿Qué haces?

-Drogarme.

Había abierto el cajón de las cucharas negras de plástico una vez más y apoyaba la barba en la encimera. Aquella mañana inusual necesitaba duplicar la dosis.

-¿Café?

-Cafeína -respondí.

Mi cerebro ya no funcionaba como debería. La pequeña mirada contrariada sobre mí era su rutina. Mirándome, necesitaba el alivio de la puerta de la calle. Le aterraba que amara la belleza de mi destrucción. Bajé de la cabeza de la nevera una botella de tequila y sentí en el pene, otra vez, los primeros latidos que anunciaban una inminente erección. Sonreí. Abrí el congelador y gasté más de un minuto en elegir el vaso adecuado. Lo llené las mismas veces que lo vacié; diez. Al final, cayeron mis nalgas derrotadas hasta los fríos azulejos de aquella cocina, sobre algunos granos de café.  Deseé que el cristal que quedaba entre mis pies se pudiera beber. Después, vi la escoba, me levanté, y con ella fui en su búsqueda. En el salón, sobre el sofá, ya era un cadáver. Permanecía quieta y presa ante el encendido televisor. A dos pasos, de pie, me bajé los pantalones y  pregunté.

-¿Crees que hay algo más maravilloso?

-Eres hermoso, lo sé. -Ni siquiera miró

-¿Mi pene?

-Tú.

Al ver mi letra sobre el papel recordé quien era. Sostenía un cuchillo bajo mi barbilla. La sierra, en un vaivén lento, provocaba cosquillas. No podía enfocar la mirada; concretar el objeto que ya nunca observaba. Me había arrastrado, gateado hasta aquella silla. Era un cuerpo vacío, un fantasma ligero, débil. El esfuerzo me había desollado. Inválido, pesaba el lapicero entre mis dedos. No lograba equilibrarlo. Sentado ante aquel escritorio que había abandonado, liberé el cuchillo y recordé con nostalgia aquel trazo tembloroso en el papel. En él había de mí, como en las fotografías sepia de mamá. El pasado sobre una mesa de madera. Pensé en un epitafio. Después, en una lista. Amigos, enemigos, indiferentes, parejas, amantes, ellas y ellos, compañeros de trabajo, de alguna escuela, jefes, vecinos o vecinas, señores o señoras, adolescentes, adultos, niños o niñas, personas convertidas en gente. Escribí durante un tiempo indeterminado. Sobre el papel, todos parecían suficientes. Ebrio, mientras Martita continuaba inmóvil sobre la madera, necesitaba beber, olvidar de nuevo mi letra y pensar en la gordita vecina del gato gris que llenaba de olor a muerte la escalera. Cómo matarla y esconderla en mi habitación.

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